lunes, noviembre 28, 2005

El futuro es diferente (techos de prostituta)



El deseo es un poder bajo mis dominios
y follar poco más que una fría pose:
gestos hilvanados inconscientemente
—pieles distintas, distintos aromas,
los mismos líquidos—
entre llamaradas de alcohol
y espirales sintéticas de diseño.
Lo sabes tú también:
es de ti de quien quieres librarte
cuando te acercas a mí.
Pero todo parece tan perfecto
cuando tu ingle golpea la mía,
son tan maravillosas nuestras ruinas
mientras lo hacemos, mientras aún
queda lejos esa fría constelación
de lunas que desaparecen, sucediéndose
entrelazadas como fichas de dominó.
Miro hacia el techo
—el orgasmo no apaga la noche
ni el hastío de la lujuria y sus muelles y resortes,
pero el mundo entero se aloja en el techo—
y me digo y me repito una y otra vez
que es sólo tiempo, tiempo por dinero.
Nada me preocupa, siempre lo supe:
a pesar de esta vida, y de aquel sueño
a mil kilómetros de mis ojos,
el futuro es diferente.


noviembre 26, 2005

miércoles, noviembre 16, 2005

Parece que hace tanto tiempo



Querida Nancy:
Ayer volví a escribir versos absurdos,
versos vacíos y absurdos como:
“Danzo en la noche larga de agosto
mientras tú, escondida,
haces que el tiempo se someta al tiempo
que no espera. Seremos,
aunque soñemos sueños para nada,
a pesar de la creciente náusea. Seremos.”
Querida Nancy, aburrido de ser,
para odiar por fin a la muerte,
como si ella misma no supiera
o no pudiera,
y aunque no sea cierto,
te escribo para decirte
porqué estoy sentado frente a un futuro
en el que no confío
a pesar de que nunca supe darle la espalda.
Tú sabes de lo que hablo,
me refiero a que ya no conozco mis
debilidades
porque me he convertido en todas ellas.
La vida parecía más sencilla
—lo sabes muy bien, Nancy—,
mientras Él caminaba junto a nosotros,
cuando las diosas tejían redes profundas
y existía el juego de no encontrarnos.
Pero esta vez,
cuando el conjunto de mi obra es deseo
fuera de lo posible,
y este puto domingo parece no
querer acabar nunca,
cuando todo ha terminado
y grita por ser enterrado sin más demora,
querida Nancy,
quizás tengas razón:
lo que una vez fue lienzo,
amor intacto,
tal vez no sea ahora
más que otro de mis torpes artificios.

(noviembre 5, 2005)

martes, noviembre 15, 2005

Fríos por venir

Cada otoño me pregunto
si su incipiente frío logrará despertarnos,
si será posible que nos liberemos
de esa quimera que llamamos porvenir,
si podré seguir hablándote
de las carreteras verticales que dividen el desierto
—Running on empty—, de los viajes
de un extremo a otro de la noche, donde
es posible rozar el idioma del viento, o recordar
los lugares donde abandonamos la intemperie
y vislumbramos las luces de ese fuego hechicero
que nos devora. Cada otoño me pregunto
si lograré olvidar esta permanencia urgente,
esta espera mansa del tiro en la nuca,
qué sucedería si nunca más regresase el frío,
si nunca lográsemos despertar del presente.
Cada invierno me pregunto.

Canciones suicidas

Saber estéril (canción suicida nº 1)

Sé del descreer,
de la primavera esquiva,
de las calles andando caminos
por mí
que fueron míos,
de los filos avanzando
sin alternativas,
del no dar para más
y del no crecer
ni en poso ni en herida.
Sé del regreso
sin nadie esperando
y del pensamiento
corriendo hacia nadie,
y lo que significa
que te arrebaten la voz
y el sueño
en cada arista.
Sé de todo eso, sí,
pero no me preguntes
lo que los juncos silban
—contra la razón, contra la vida—
ni sobre lo que la calle arrastra
o lo que la marea vislumbra
más allá de este silencio,
de esta mudez maldita,
de esta escarcha interminable
que nos habita.


Y si, a pesar de todo (canción suicida nº 2)

Y si, a pesar de todo,
buscase el final ahora. Si
—como invasión de tierra o aire—
la piedra, piedra por siempre
y el ser de las cosas
regresase a su sitio.
Dime, tierra,
si el sonido de este viento absurdo
es tu secreto nombre. O tú, aire, dime
en qué espectro nos buscas, en qué
siluetas de vaho somos el sueño
como el problema la respuesta.
Y vosotros,
cadáveres retorcidos entre cenizas
y rayos catódicos, decidme si acaso
Cesare Pavese saldó al fin su deuda
suicidándose.


Vértigo polar (canción suicida nº 3)

Tenía que ser así,
como un acaso nunca intuido,
en la luz de la noche
y las ventanas de vaho. Somos
lo que en otro lugar cantan las arias
y las bodegas de los buques hundidos
esconden. Y recito de un tirón tu salmodia
—pirámides que nunca construimos—
y acumulo insomnios de imaginarios tangos.
En el ámbar del terciario labramos huellas
de ciudades y rumbos desconocidos
hechos de cuarentenas y escorbuto,
ruinas y conjuros que compusimos
en el libreto antiguo del silencio.
Nuestra culpa fue el vértigo de oír
sin saber dónde, ser ártico
entre marjales serpeantes
bajo la inclemente lluvia,
sin herencia ni hijo por quien luchar.
Tenía que ser así,
en la habitación de un hotel barato,
unos minutos después
de no saber
cuál era nuestra casa,
ni a quién hablábamos.


Vivir aún (canción suicida nº4)

Años y años pretendiendo el estupor
para encontrarte hoy anclado
en el oficio de sepulturero, envuelto
de un pesimismo tan estúpido como baldío.
Desfallecido, sabiendo ya quien eres
y lo que serás, agotas el vaso
mientras entierras la gloria y, con ella,
el asombro de la vida y su esplendor.
Sabes que pudo ser.
¿Cuáles serán las excusas para seguir?
No fue la luz y sí la noche fría.
Testigo de su poder
persigues en la noche la noche al fin.

lunes, noviembre 14, 2005

Demencia

Me contabas ayer
la música que ha tomado al asalto tu cabeza
—Iiiri, iiiri, iiiri, iiiri. ¿No la escuchas?
En la pequeña plaza
algunos leves trinos y algún rumor de tráfico.
—No son canciones.
Son sólo ensayos,
como si siempre
estuviesen afinando sus voces.
Iiiri, iiiri, iiiri, iiiri. Cuatro veces,
siempre repetías ese sonido
cuatro veces. —Él debe ser tenor.
A veces sí es una canción... esa de...
¿cómo era...? esa de... angelitos negros
(¿Escuchas, madre, tal vez, a los pájaros?).
—Es un dúo. Él hace la voz alta,
debe ser tenor, y ella le acompaña.
Iiiri, iiiri, iiiri, iiiri.
Siempre he tenido un oído muy fino.
Él debe ser tenor.
Intento dejar de lado esa demencia absurda
las alucinaciones, tragicómicas casi,
en las que me repites
y me repites una y otra vez,
las mismas frases,
los mismos comentarios.
—Iiiri, iiiri, iiiri, iiiri.
Él debe ser tenor.
Inútilmente intento desconectar
ese sonido fantasmal que a ti
hasta parece agradarte.
En balde, buscando tus recuerdos,
trato de olvidar la larga distancia
en la que hoy no te encuentro.
—Iiiri, iiiri, iiiri, iiiri.
(Tal vez pájaros, los pájaros, madre).

Rumbo de delfines

La noche hunde la luz en la diana del silencio.

Bajo la lluvia, a duras penas regresamos
por el camino de ida y vuelta que nos posee.

¿Quién supo, quién sabrá nunca de nuestra lucha?
¿quién de las historias que nunca serán Historia?
No perdimos, no ganamos esa guerra
aunque arrastremos todos sus muertos,
aunque guardemos todas sus fotografías,
todas sus imágenes vagabundas
de cielo en tierra.

La lluvia tiene tu mirada.

Queda el aroma,
la música de cobre viejo y saxofón,
el desenlace de una quimera fuera de horario
y las excusas entre dos sonrisas.

Quedan también, de uno en uno,
los instantes en los que tomamos la vida
como el fuego a la yesca, los instantes del derroche
en la soledad sin límite del encuentro final.

La música tiene tu aroma.

Imposible sobrevivir ahora a esta muerte
—¿qué pozo puede cobijar tanto silencio
incapaz de ser grito?—, imposible sobreponerse
a este rumbo de delfín persiguiendo la estela de tu barco.

Falsos sueños, extraños días, lejanas horas.
Palabras. Sólo palabras. Definitivamente palabras.
Hace tiempo que ya no escribo poemas,
hace tiempo que sólo veo caer tu mirada,
que sólo escucho tu aroma fugitivo. Y aun así,
la lluvia tiene tu mirada y tu aroma es la música
persiguiendo un rumbo de delfines.

Sequía


A veces parece que la escucho
entre sollozos y ecos de un mar en calma
—los ojos tras el velo de la pose
y su imposible caricia, el foco nocturno
sobre el cartel en el vaho, el alud a punto
pero siempre rezagado—
y es una leve interferencia,
el sonido extinto de una radio
con las pilas agotadas.

Si esa mujer lejana existiese,
si fuese algo más que un color desteñido,
tendría el discurrir de este barranco huraño,
de este lugar donde los caballos relinchan
entre polvaredas
y el hombre llora su llanto de combate
que nada colma.

No hay un por qué —dijiste—, sólo mariposas
cerrando un ciclo, mutaciones en espera,
temblorosas letras transitando
hacia un paisaje de nieve intacta
desde la sequedad gris de una boca
cosida por el transcurrir del tiempo.

Keep on rocking

Me dices
que el cielo es verde en La Molina,
que en las alturas el aire se confunde
con el pasto de las reses,
que en el verano de esos montes tapizados
las desdichas ruedan hacia los valles
como si nunca aquel punzón
hubiese horadado los sentidos
dejando una casa vacía.

Que no quieres volver, me dices,
que prefieres reinventar las noches sin fin,
que en la gran ciudad sólo quedan telarañas
y gentes que ya no deseas ver,
que rodarás por siempre, me dices, por Puigcerdá,
donde las calles se comban saludando tu paso,
que aunque ya no puedas recordar
cuál era el nombre de aquella balada de guerra
o cómo se tejía aquella locura de vida,
allí podrás continuar rodando.

Mientras aquí, en la radio,
una tarara con acento extranjero
resuena atascada en el verso del no,
me dices que allá donde estás el cielo es verde,
que el aire se confunde con las montañas y los valles.
Me dices que las montañas
y pienso que este lugar, de repente,
se ha hecho tan grande
que ya nunca será posible volver a recorrerlo.
Me dices, y aunque descarte responder,
un escalofrío antiguo como la noche
asesina mis sueños.

Trazos circulares

Sucede todos los días:
la tarde,
el vuelo de los pájaros,
el sol despidiéndose
esquivando
todas las dificultades.
No sabemos cómo,
pero el hecho es que
todo parece repetirse
una y otra vez.
Como las aves migratorias
en su trazo circular con las estaciones,
siempre transitamos los mismos lugares.
De nuevo llega septiembre.
Sucede todos los años,
inevitablemente.

Obsesión


Siempre quise fotografiar peces tropicales,
vivir en uno de esos carteles publicitarios
con palmeras y solitarios médanos
atardeciendo.
Pero a veces las historias se complican,
se enredan como hilos de un ovillo ignorado
entre la nieve de Chicago y un vuelo a China
que nunca partió conmigo.

Después de dos años de ya no verte,
de construir un mundo al margen del mundo,
de mecerme en el silencio
y esperar la noche como una bendición. Harto
de vigilar paredes y perseguir entre sombras
el movimiento mínimo de las horas alrededor del sueño.
Harto de descifrar el zumbido de los insectos
y los susurros de los amantes lejanos.
Dos años después de ya no verte
este parque vacío está enfermo,
se ha infectado como su nombre. Pero te juro
que haré más ancho el camino, te juro
que terminaré tomando ese vuelo
para encontrarte, lejos de esa psicópata
enamorada que se ha adueñado de tu nombre,
que se ha adueñado de tu aroma. Te juro
que terminaré compartiendo contigo
ese miedo maldito instalado en el abandono,
más allá de este parque vacío vestido de blanco,
frente al Frank’s chili dogs. Más allá de este parque
minúsculo y enfermo, testigo de una historia inútil,
culpable del imposible regreso al antes de conocerte.

Verte de nuevo, cada día volver a verte,
es cierto, a veces las historias se complican,
aunque finalmente nos espere esa escena en el aeropuerto,
entre gente y bultos moviéndose, esa escena
con el piano de Coldplay y The Scientist
donde tal vez sea posible que olvide
que una vez quise ser el protagonista
de un cartel publicitario.

Lobos merodeando

Nada sucede en este lugar
donde los lobos aún merodean la noche.
Nada puede suceder aquí,
entre voces muertas
y sonidos que cercan la memoria.
Nada puede suceder. Nada.
Lo sabe el pasado, lo saben los espejos
en su fondo de óxido y argenta,
hasta esos violines que ahora escucho
interpretando Jumeji’s Theme parecen saberlo.
Y así te veo acercarte, en mitad de la costumbre,
en este transcurrir por el testarudo inventar derrotas
y epitafios sin palabras. Para hablar de ti con nadie,
con sueños como fantasías de esquizofrénico
y un vaso de whisky por compañía,
sintiendo esa distancia cosida a una historia
de fantasmas y copas derramadas.
Para hablar de ti con nadie,
frente a la inseparable ausencia.
Pero también -por qué no decirlo-
para recordar el ardiente tañer del sexo,
el terco discurrir entre la furia del instinto.
Inevitable sexo, también por ti. Siempre,
simple y finalmente, el sexo,
el rito único en el vacío del tiempo. Aquí,
donde la noche duele su desorden
y una certeza se abre proclamando
lo que jamás tuvimos —¿cómo podría
si ni siquiera el temblor lo pudo?—
Tiempo de miseria éste del poeta,
ya lo escribió Valente, ya lo reafirmó Panero
—el mayor de los hermanos— en su casi primer poema.
Otro día, otra noche en los que nada sucede
porque nada puede suceder. Nada.
Otra noche queriendo creer,
como quien para ver cierra los ojos,
que aún hay lobos merodeando sueños.

Constantinopla


Trae la noche un nuevo abismo
y a Chet Baker
—más sobrio que nunca—
deletreando aires
contra un viento ácido
y monoaural.
A veces, en estas noches,
me oigo decir Constantinopla
como si pronunciase
un agujero de relámpagos
en un idioma que no entiendo
y que nunca quisiera entender.
Entonces, cubierto por la clandestinidad
que sólo el insomnio sabe darnos,
mientras rescato palabras oxidadas
de un mundo de extrarradio
y demonios acechantes,
el tiempo es una caja de latón
con dibujos chinos y aroma de cacao
y la soledad es una deriva
irremediable y lenta
hacia un pozo infinito.
Porque de aquel entonces
siempre hace mucho tiempo
y la noche arrecia como un epitafio
trayéndonos un nuevo abismo
y un recado de seguir siendo.
A veces quiero decir Constantinopla
para escuchar a alguien
como diciendo
que es la hora de vivir.

De noches, nieblas y papeles vacíos

Hiela la intemperie del tacto en el aire 
en esta mañana de domingo. 
Hiela la tensión del azul 
frente al marrón informe del suelo. 
Roñoso el lápiz, vacío el papel, 
reescribes palabras que hallaste 
tras las solapas de un libro 
—restos encallados en una balsa, 
supervivientes de un naufragio—. 
Ausentes las palabras, 
en esta latitud unánime y silenciosa 
que acompaña nuestros pasos, 
cuando la tierra calla y espera, 
reescribes aquellos interrogantes. 
Preguntas que suenan hoy a ilusión, 
a ladrido agudo, eco de otros ladridos. 
Preguntas absurdas e innecesarias, 
tan innecesarias como estos versos, 
tan absurdas como esta manera de morir 
que es escribir para nadie. 
Mañana de domingo frío y gris 
recomponiendo noches y nieblas que no cesan, 
restos de mañanas pasadas. 
Mañana de lápiz roñoso, 
de papeles vacíos 
y palabras ausentes.

Los ángeles no tendrán compasión

Tras un día propicio
de nubes invisibles
y conversaciones nocturnas
entre caminos polvorientos
y piedras que cobraron sustancia
encontré un espía en mi cama.
Intento ser sincero,
por eso me decidí a hablar
del hombre que guarda mi vigilia
mientras la nada encuentra una razón
en su sueño de gabardina y marea.
Tras un día propicio
llegó la noche propicia,
miel y gris es el sabor de la música
de sus canciones de sueño y desengaño,
de sus letras ingenuas preguntando
qué ocurrirá después de los fantasmas
y sus besos
y de esas piedras que cobraron vida
para recordarnos
la levedad sin palio de la muerte.
Tras un día propicio
hoy subí un peldaño en el camino de la duda,
un poco más cerca de perder,
un poco más lejos de expresar.
Y así son las cosas
mientras intento olvidar a ese hombre
tendido junto a mí
en el otro extremo de la noche.
Tras el día propicio
llegó la noche propicia,
rotos ya los peldaños de la escalera
de todas las certezas
los ángeles no tendrán compasión.

La autómata



Hay un cristal enorme,
una pizarra negra, abierta
a la plenitud oscura de un cielo
sólo intuido.
Hay un frutero junto a la ventana
reafirmando el color de unos labios
y las elipses de un sombrero.
Hay noche, tras el cristal sólo noche
reflejando las luces interiores,
como si una pista de aterrizaje
suspendida en el aire,
como el espacio detenido
de un tren en vía muerta
trazando la geometría gris del vacío.
Frente a ella, por compañía,
una silla —la posición exacta—
y el frío de una mesa de mármol
y de un único guante.

La autómata de Hopper
—yo te buscaba aquella madrugada—.
Pero no es lo que hay,
no es sólo la tristeza de unos ojos perdidos
en una taza de café,
es lo apremiante alejado de la tiranía
de su envoltorio,
el rostro de una pública derrota,
el vacío de una luz encarcelada,
el extrañamiento de nuestra era.
La autómata de Hopper,
la pintura de un sueño.
Y tú, seguramente,
observando junto a la barra.

Ahora sé
que hay fantasmas que nos clavan sus uñas
y nos atraviesan el pecho
sin dejar rastro.

febrero 19, 2005

Escombros

Es en la edad del hombre
donde habita la terquedad de tu materia
—piezas de recuerdos desvaídos,
pequeños grafos yertos. Lo conforme—
y hablo en ti de lo que nunca fui
y de lo que nunca —ya ves, acabé
convenciéndome— llegaré a ser.
Que huyamos para siempre
—me dices—, que olvide de una vez
a esa vieja ramera devoradora de sangre,
que deje de lado mis certezas frente a la vida,
el desconcierto de saberse siendo
en el desorden de unas letras destructoras.
Que olvide, eso me pides. Olvidar el aire
que apenas alimenta la llama, renunciar
a la búsqueda del límite de la palabra,
asumir que sangrar para la libertad,
en realidad, no significa nada.
Pero juntar sílabas aún, como quien desescombra
ruinas interiores. Y permanecer allí, donde el eclipse
y la señal. Pero aún, porque no olvidar ni saber cómo.
Acaso esta lucidez no sea sino la sombra
de una ceguera ignota, inextinguible.

Llegado ya el momento

Llegado ya el momento
se diría que fue nunca, que nunca
cada correo tuvo su respuesta, que nunca
siguió un mensaje a cada mensaje
componiendo piezas de un rompecabezas
que en balde pretendía descifrar
la cautiva aritmética del enigma.
Teníamos que decir adiós,
aunque fuera para nada —susurros
en el viento, ecos de golpes bajo el agua—,
decir adiós, sí, aunque fuera para nada,
aunque los nombres, como las penas,
continúen naciendo para ser pasto del tiempo,
como los mensajes anónimos escritos a punzón
en las maderas de los parques centenarios.
Llegado ya el momento
tal vez hayas vuelto a pintar, o
te hayas ido al sur del Sur, para
escuchar las olas desde los médanos. Allí
tal vez también, como aquí, de repente,
una canción someta al aire
y su melodía nos recuerde
que el sueño del hombre es el verbo.
Tal vez entonces, sin pronunciar nada,
diga algo tu voz.

Asuntos pendientes

Si tuviera que vaciar
los muebles de mi estancia,
envolver en madera de sicómoro
la niebla de esta selva continua,
si tuviera que nombrar
el ser de mis cosas, entonar
el himno silente y tenaz de mi biografía.
Digo, quiero decir, si alguien
alguna vez lo exigiera
y las excusas de siempre
no estuvieran permitidas. Si el silencio
fuera un micrófono expectante, y la espera
una pléyade de ojos en la penumbra. Si, en fin,
no hubiera otra salida, entonces, sólo entonces,
enumeraría el rosario de trivialidades
que dan forma a mi existencia.
Y hablaría, por ejemplo,
de las palabras azules escritas en el envés
de aquellas postales desvaídas,
o de los colores de plata del poniente
sobre la proa erecta de aquel barco varado
entre las rocas, las algas y las gaviotas.
O, —¿por qué no?— quizás también
me detendría en la trayectoria tenaz
de las hormigas anunciando el final
de todos los veranos, cuando soñábamos,
en la quietud del jardín,
con deshojar el confín de la palabra.
Y, sí, seguramente olvidaría
aquel tiempo en el que crecer
era una sombra de cañas cubriendo el sol.
Y, tal vez, tampoco mencionaría a los que nos quisieron
—o eso pensamos—, ni a los que quisimos
—o eso pretendimos.

Lo mismo que la espera inútil, entre un mar de sargazos,
de unos transeúntes perdidos en un hangar de ballenas,
lo mismo que la muerte permite al sol girar con los elementos,
vamos liquidando asuntos pendientes
en esta resta incesante que llamamos tiempo,
en este restar continuo que llamamos existencia.

In the mood for love


Un violín cabalga la noche
sobre un pizzicato
a ritmo de patinaje sobre hielo.
Rumores de tráfico
y gentes paseando. Y el silencio
que pasa sobre todos los días
como un cartero sin rumbo.
—Nunca seremos como ellos—
El apogeo de un rostro subalterno
busca una luz más acá de esta fosa
donde la lluvia asfixia
el sonido desolado de la nada.
—No quiero volver—
Sólo un instante hecho estatua ardiente
eternizando el recuerdo.
Pero también
un bolero con acento extranjero
resonando
en el escándalo de las sombras.
—Los años no pasan en balde—
En las tinieblas de lo inmóvil
juegas a expropiar el aire
lanzando tus boletos al viento
mientras el futuro pasa de largo
sobre la prisa de Valencia.
—Quizás, quizás, quizás—

La respuesta

¿Qué querías?
Siempre lo has sabido:
el tiempo está hecho de arena.
¿Qué podías creer? Después de todo
posiblemente terminemos haciendo
lo que todo el mundo. Pero tú…
¡Ah, sí...! querías preguntar
qué quedó. Después de tanto
y tanto, después de lo que diste
y te quitaste, de lo umbrío y lo cóncavo,
de lo que enfrentaste a la luz y a los espejos,
preguntar qué quedó.
Pero algo sí pervivió. ¡Acuérdate!
recuerda aquella playa,
las tumbonas y sus sombrillas, cuando
la arena no era el tiempo. Alguien
que te esperaba, que te está esperando
todavía. Un pintalabios se diluía
en otra humedad, desandando roces
que nunca explicaron por qué nadábamos
siempre en la misma dirección.
Si pudiéramos —te atrevías a decir—,
para concluir siempre con ese terco
“es demasiado pronto”. Déjalo —te contestaba—,
los árboles esperan, siempre esperan.
Los árboles son la espera. Pero tú,
por favor, no dejes que el frío me venza
otra noche.
Vislumbrada la orfandad
tras la ruptura de la mañana,
cuando únicamente resta actuar,
inútilmente quisieras dar un solo paso,
caminar inseguro, al fin,
frente al presagio púrpura. Pero, tal vez,
aún desees, después de todo,
una respuesta. Sólo se me ocurre decir
que quizá únicamente quedó
lo que somos.