Aceptar el momento tal y como nos viene, aunque el cielo se desplome en
nosotros. Aceptar sin saber muy bien qué podrá suceder. No decirlo más ya, aunque no seamos capaces de olvidarlo, como si tuviéramos una llave para abrir o cerrar el pensamiento. Hemos huido de esa última foto, —el instante congelado que nunca sabrá representarnos—, también
de las mentiras que nos atan como
palabras últimas, como
la única vida que conoces, pensando,
hablando de algo que no existe: un
fantasma, un espectro que
nos ronda, que no conoce del
ahora, que no acepta seguir. En
lo más sucio de las luces de neón la
miseria echa a volar. Siéntate
y observa cómo los espectros devoran
el presente. De
pronto estás convencido de que apenas entendiste nada. Y
bien, aunque quisieras desmentirlo, ahora
es tiempo de esto —cuesta mucho aceptar la vida afianzada fuera del antes y el
después—. Todo aquí se rompe bajo nuestros
pasos, todo lo encontrado se pierde, todo desaparece, no entiendes el mundo, sientes el
peso. Todo sucede adentro.