(I)
Dicen que recordamos sólo lo que queremos, que negamos aquello que nos fue ingrato aunque nos adentrara en el misterio. Era como si anduviéramos pisando sombras, caminar sin descanso hasta que nos topásemos con un muro. Y yo te recuerdo allí, detenida, lejos del mundo de los vivos, triste arqueología que nos llama desde un suelo de dioses enterrados que brotan entre el salitre, vencidos ya, pero que aún nos mortifican.
Luego es intensidad, hojas que brillan
al sol vespertino, ojos húmedos, polvo, altas gaviotas sobre noches calladas,
tardes de brisa y cabellos ondeantes. Caminar, continuar pisando sombras hasta
el siguiente muro. (El siguiente muro).
(II)
Nada concluye del todo, sólo cambia, es
distinto simplemente; pero siempre hay sufrimiento y alegría acompañándonos,
tristeza y belleza, hielo y fuego, aunque intentemos mentirnos negándolo, decir
que no nos encontrarnos en el extraño
del espejo, ese que, afirmamos, nunca fuimos nosotros.(El extraño).
(III)
En el umbral del sueño todas las
estrellas se apartan. Y yo no sé si es que has regresado entonces, cuando los fantasmas vienen, y yo observo cómo la
carne se derrite. (Del vacío que vendrá).
(IV)
Digo que no sé, aunque en ocasiones haya visto todo en ti (el cielo sucumbiendo en tus ojos, por ejemplo) con cada una de tus palabras. Gira el mundo, sombra y luz, luz y sombra, celosías, músicas de entonces rotando alrededor de alguien inexistente.
“Soy tan sólo un poeta inexistente”. El
verso no es mío, aunque yo ponga en primera persona lo que otro expresara en
tercera. (Inexistente).
(V)
El tiempo no nos trató con misericordia.
Todo fue nada y todo no seguirá a hoy.
Unas últimas palabras que pronunciar más allá del
miedo y de esas voces que gimen por lejanas tragedias; un fuego tembloroso en la
penumbra mientras entonamos una plegaria a un dios ensordecido.
Aquí es todo tú ahora.
Queda la extensión de la luz, el opaco
restañar del mar, compartir silencios, la fría oscuridad de unas olas que no
llegan a la orilla.
Y ahora, derrumbados, queremos abrir aún
unos ojos, exhalar un aliento sembrado de lagos de piedra, pronunciar un adiós
en el principio, un adiós encendido por el mismo hielo.
Yo también pasé de largo por todas
partes, recogí mis velas ante ti que ardías temblando en otro mar. Y ahora
nadie entona una plegaria por aquellos seres que nunca fuimos. (Una plegaria).
febrero,
2026